Vestigios

Te he llevado, en días de lluvia, en noches de ardor; te he recibido con el misterio de un pecado y la oscuridad juntos; te vestí para una fiesta en la que me presenté cuando todos se marchaban a dormir la borrachera.

Me he preocupado por si te faltaban pilas, por si fallabas en el momento estelar, ante atónitos espectadores que esperaban lo mejor de ti; anduve como loco buscando otra como tú, por si me dejabas tirado.

En ti confié mis versos de amor, mis luces del atardecer, mis licores sagrados, mis delicias pasajeras, mis terribles confusiones, mi nihilismo, mi idealismo y mi pasotismo.

Y ahora, te veo, ahí, arrojada, entre escombros, despedida, desahuciada, destinada a un injusto olvido. Eres como esas amantes envejecidas, repintadas hasta el cóccix, esas odaliscas en paro que ya no excitan al caprichoso semental.

Te veo, en tu rotura, aureolada por la luz final que se le concede a todo desperdicio, el último aliento de belleza; te veo y comprendo el signo que me dejas, el sentido por el que tienes que ser: zapato, pomo, cenicero, muñeca, baraja, vestigios que dicen lo que soy, vestigios que me prolongan, que me explican de qué estamos hechos y hacia dónde partimos (empañados por esa mágica aureola final).

Rafael Ramírez Escoto

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